Vivimos en una época en que todo se derrumba, lo que compramos es desechable, todo cambia, nada no pertenece ni siquiera nuestra “propia” ” vida. Nosotros mismo hemos escogido nuestros amos, nos hemos acostumbrados a los trabajos alienados; vivimos igual que los esclavos de antes, con la diferencia que nosotros vivimos cegados a esta realidad, tal vez resignados.
El mundo es cada vez más como una fábrica, sucia y ruidosa. Caminamos en línea recta, sin sabor ni olor, nada nos sorprende, nada es constante, todo se destruye. Pero no debemos culpar al hombre de esta anormalidad, es el mundo mismo, queremos poseer todo, ser dueños de la nueva tecnología y a la vez ir perdiendo el alma.
La publicidad nos bombardea a diario, mostrando cómo y quienes debemos ser. Qué debemos usar y qué no, lo bueno y lo malo, lo “in” y lo “out”, nosotros como robots seguimos estos patrones, pareciera que viviéramos adormecidos o zombis, todos hacia una misma dirección, obedecemos por miedo a salir de ese rebaño en el que nos hemos inmerso.
Los “grandes”, nos dirigen hacia lo que debemos consumir, ellos se enriquecen cada vez más, Por tanto, lo que es comida para unos, es veneno para otros. Mientras otros mueren de hambre y nosotros vamos perdiendo nuestra esencia, nos convertimos en seres dedicados únicamente a obedecer, producir y consumir. Somos esclavos modernos, obedecemos porque no estamos preparados para movernos por sí mismos, somos como el niño que se descuida, pierde de vista sus padres y se descontrola.
La esclavitud es como una enfermedad terminal, que está acabando con nosotros, hace falta romper hábitos, ¿Qué pasa que nos hemos resignado a vivir así?, ¿Acaso creemos que no hay otra vida distinta?; ni siquiera lo hemos pensado, esa pregunta se ha convertido en un crimen, por eso no nos atrevemos a vivir como seres únicos, sino como uno más del rebaño.